A la memoria de José Álvarez Icaza

Rodolfo Torres Velázquez (11/04/2021)

El pasado 21 de marzo se cumplieron 100 años del nacimiento de José Álvarez Icaza Manero, un hombre bueno, a quien tuve la fortuna de conocer en el Partido Mexicano de los Trabajadores, cuando corría el inicio de la década de 1980.

En aquel entonces, Pepe conducía los esfuerzos del Centro Nacional de Comunicación Social, AC (Cencos), organización que él y Luz María Longoria (su inseparable compañera) habían fundado, el 23 de junio de 1964, en la Ciudad de México. Cencos se alojaba en un viejo inmueble de la calle de Medellín, en el número 33, en la colonia Roma. Se trataba de una organización sui generis -que, para entonces, ya contaba con 20 años de vida-, daba voz a organizaciones populares que no encontraban canales de expresión en la prensa, la radio y la televisión convencionales. Sus oficinas eran un espacio de recepción imprescindible para integrantes de movimientos de campesinos, de trabajadores y de colonos que buscaban ser escuchados.

Antes de ello, Pepe había transitado por un largo desierto que había templado sus convicciones. En sus años de juventud, había pertenecido a una organización religiosa de ultraderecha: el Movimiento Familiar Cristiano, del que se separó para pasar al bando de la izquierda, quizá impulsado por la portentosa fuerza de coherencia enarbolada por la Teología de la Liberación. A pesar de ese difícil tránsito que le significó, sin duda, muy altos costos patrimoniales, personales y familiares, Pepe se mantuvo, hasta el final de sus días, en organizaciones políticas de izquierda.

Pepe fue una persona generosa. Con motivo de los sismos del 19 de septiembre de 1985, Pepe ofreció un cálido cobijo, en Cencos, a las costureras damnificadas. Tengo fresca la memoria de su paciencia ante la invasión de sus espacios por muchos meses. La sala de juntas en el primer piso y el pequeño auditorio de la planta baja fueron ocupados por las costureras para fabricar aquellas históricas muñecas de trapo diseñadas por destacados y solidarios artistas mexicanos, entre ellos el recientemente fallecido Vicente Rojo.

Ese sismo también provocó el derrumbe de las oficinas del PMT ubicadas en el número 20 de la calle de Bucareli. Para que pudiese continuar la operación del Partido, Pepe cedió un inmueble de su propiedad que se ubicaba en Viaducto Río de la Piedad, casi en la esquina de la calle de Monterrey. Ese edificio dio albergue al PMT hasta su desaparición, tras la fusión que dio origen al Partido Mexicano Socialista.

Otros recuerdos de Pepe permanecen vívidos en la memoria. Como el de aquella ocasión en que el PMT nos comisionó, a él y a otros asiduos militantes, para acompañar a un grupo de indígenas campesinos de la Huasteca Hidalguense a una asamblea ejidal para que retomasen los cargos de los que habían sido injustamente despojados, como dirigentes del Comisariado Ejidal. Viajábamos en tres vehículos, acompañados por los compañeros que pretendían retomar sus cargos. Al paso por cada comunidad, con rumbo a la asamblea, la caravana crecía; se sumaban más y más campesinos. En el trayecto, la caravana fue rodeada por un grupo armado. Eran las llamadas guardias blancas, grupos de criminales a sueldo de los terratenientes que se oponían a que el comisariado ejidal volviese a manos de sus legítimos dirigentes. En un primer asalto, las guardias blancas intentaron bajar a los campesinos que viajaban en los vehículos. Lo impidió un grupo muy nutrido de mujeres indígenas que, aunque menudas, superaron en valentía y resolución a sus agresores. En un segundo asalto, los criminales terminaron por bajarnos de los vehículos a quienes íbamos de acompañantes. Tan pronto bajaron a Pepe, los agresores clamaron por colgarlo; “lazo, lazo”, coreaban). Inolvidable la ejemplar entereza de Pepe. Su actitud serena, optimista y confiada, infundía algún sosiego a quienes lo acompañábamos frente a lo que nos parecía un destino fatal. Por fortuna, la inquebrantable oposición de los campesinos y de sus familias impidió el temido desenlace funesto.

El grupo criminal cambió de táctica y decidió mantener secuestrado a todo el grupo hasta que, decían, acudiera personalmente el gobernador del estado de Hidalgo. Después de varias horas de cautiverio, un reducido grupo de campesinos eludió el cerco y consiguió dar aviso a las autoridades de la región y del partido. Finalmente, acudió un grupo de militares que, tras largas y complicadas negociaciones, convenció a las guardias blancas de que debían liberar a todo el grupo. Nos liberaron a primeras horas de la noche, pero el alejamiento de la zona no estuvo exento de sobresaltos. Los agresores habían ponchado las llantas y dañado la batería del vehículo de Pepe. No fue sino hasta bien entrada la noche que conseguimos llegar a Tuxpan. Imposible olvidar el temple de Pepe Álvarez Icaza en aquellas horas de angustia y miedo.

Pepe fue un hombre de izquierda, valiente, de los que quedan pocos. Un ejemplo de bondad, optimismo y generosidad. El centenario de su nacimiento es, por eso, una ocasión para la memoria.  Quienes tuvimos la fortuna de trabajar a su lado, lo recordamos con profunda gratitud; con afecto y admiración. Lo haremos siempre, y a esa memoria sumamos, por supuesto, la de la extraordinaria mujer que fuera su amorosa y leal pareja; su compañera de vida, Luz María Longoria.

¡Vivan ambos en el recuerdo de la historia de la izquierda mexicana!

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